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‘Pabellón Polideportivo Alcobendas’ (Madrid, Spain) by Aguinaga y Asociados Arquitectos
(Source: simplypi)
por Jose F. Leal | Mario Viciosa | para el diario EL MUNDO
Quizá por los cuatro años que trabajó en el estudio de Moneo o porque la realidad de sus generación se parece más a un oscuro túnel donde no luce ni una mísera cerilla, a Jacobo García Germán (1974) no se le cuela ni un gramo de elogio hacia los adorados totems de la arquitectura mundial. “La arquitectura espectáculo, a pesar del poder mediático que tiene, no es tan importante ni para la ciudad ni para la profesión”, declara.
Nostalgia de una tradición española de una “arquitectura sensata y relacionada con las tradiciones” sí. No es el único de su generación que añora la edad dorada de los Sota, Oíza y compañía. Porque la herencia de esa mezcla de creadores de espacios imposibles gracias a fastuosos presupuestos y de profesionales sin escrúpulos fabricantes de ciudades ‘invivibles’ que ha dominado la escena española de la última década es “desoladora”.
“Cualquier arquitecto de mi quinta que quiere seguir ahí está dando clase”. García Germán es profesor de proyectos en la ETSA de Madrid, clases que salpica con otras de historia del libro en la Universidad de Navarra (UN) o talleres, como ‘Simetrías’, impartido recientemente en la Univesidad de Roma junto a Iñaki Carnicero y Juan Herreros, entre otros. “No hay otra”, confiesa, “aunque esto también se acabará en no más de cinco años, porque con la crisis las escuelas se quedarán vacías”.
Y eso que (aún) no le falta trabajo, pues este año se iniciará la construcción de 70 viviendas en el barrio de Prosperidad de Madrid y tiene varios proyectos en marcha en la urbanización Ciudalcampo, de San Sebastián de los Reyes.

Una casa entre los robles
A 110 kilómetros al norte de Madrid, en plena sierra segoviana, Jacobo García Germán nos muestra su última creación residencial: un unifamiliar de tres alturas en madera y cristal -sin un solo ladrillo-, clavado en una ‘urbanización ecológica’, donde las calles no están asfaltadas y a las pocas parcelas (de una hectárea) donde se puede edificar les corresponde un pedazo de bosque de roble y jara de otras 30 hectáreas destinadas únicamente a la extracción de leña.
La casa se planetó de una manera muy sencilla, “neutra pero con detalles singulares”, afirma, porque el presupuesto era ajustado. Este factor, junto a la premura de los plazos y la participación de los propietarios en el diseño, determinaron la fórmula de construcción: una casa prebabricada en madera, con una arquitectura muy básica, que permitiese conseguir un contenedor muy flexible “para que con el tiempo pudiese cambiar, ya que los habitantes son aún joven y con una vida por definir”.
Uno de esos “detalles” es la colocación de la entrada, ya que la secuencia hasta la puerta obliga al visitante a rodear la casa y a percibir su colocación; “te haces una composición de lugar”, explica. El voladizo que remata el acceso a la inversa que los típicos oscuros zaguanes castellanos, sirve para “enmarcar el paisaje”.
Madera finlandesa, patente austriaca
La carcasa principal del edificio, las placas prefabricadas, “vineron en un camión desde Austria”, recuerda García-Germán, pero su procedencia original son los bosques de abetos de Finlandia, mientras que la madera que compone la fachada y forra la casa es de pino de Valsaín, un bosque segoviano situado a pocos kilómetros.
“Entre esas dos maderas hay más de 20 centímetros de aislamiento que hacen que la casa goce de una especie de anorak, de tal forma que, térmicamente, la casa es muy eficiente”, explica. Así, “la casa está mucho más abrigada que una construcción de ladrillo al uso. Y ese confort técnico que produce la madera nos permite abrir grandes huecos cuya única exigenca es tener una buena carpintería”.
Una vez dentro, los grandes ventanales de cuatro metros de ancho permiten recuperar la vista de la cara segoviana de la sierra. “El doble acristalamiento a prueba de humedades”. En la parte de arriba, la fórmula de ventanas enfrentados al norte y al sur se repite con huecos más pequeños.

El colectivo de acciones urbanas mmmm… convierte lo urbano en desconcierto. Por ejemplo, un paseo por el barrio madrileño de Malasaña (y sus contornos) un sábado de invierno
Eva Salmerón, Ciro Márquez y Alberto y Emilio Alarcón son muy de calles, de bares y de saraos. Les gusta la sorpresa, la cultura popular y lo conceptual. Con esta mezcla, la reina de las plazas urbanas, la vibrante Times Square de Nueva York, se rindió a su talento. Entre agosto y octubre, estos cuatro madrileños que componen el colectivo de acciones urbanas mmmm… han tenido instalados allí los meeting bowls (cuencos para reunirse), especie de cápsulas a modo de bancos circulares que invitaban a la interacción social en medio de las prisas. Y han propiciado historias como la de un sacerdote de Tejas que lo utilizaba como confesionario, o tres turistas alemanes que acudían a ellos todas las noches para ligar. Este ha sido el hito de un colectivo puesto en marcha al margen de las profesiones de sus cuatro integrantes: Eva es periodista, Alberto es arquitecto, su hermano Emilio regenta una tienda de objetos pop que luego visitaremos, y Ciro es profesor universitario. Vamos de paseo.
01 Hormigón vegetal El recorrido comienza en uno de los extremos del barrio: el conjunto de viviendas proyectado por el arquitecto Fernando Higueras en la glorieta de Ruiz Jiménez, en San Bernardo. Son unos bloques de hormigón y vegetación que cae en cascada por la fachada. En uno de ellos vivieron unos años los cuatro y allí surgió mmmm… en 2002 con Telemadre, un foro de Internet que ponía en contacto a señoras con síndrome del nido vacío y jóvenes independizados con ganas de comer platos de cuchara. Alberto, tras masticar a trompicones un Bollycao y tragarse un batido, empieza a teorizar: “Es quizá uno de los mejores edificios de Madrid, junto a Torres Blancas, de Saénz de Oiza. En la década de los setenta, Higueras proyectó estos pisos para militares como si fueran unas ruinas aztecas. Es casi un accidente rocoso. En una época en la que nadie hablaba de edificios ecológicos, la idea era que la vegetación lo cubriera todo y que el alero diera sombra. Además, Higueras era un cachondo, porque hablaba de luz genital y clarapollas. Era un provocador, pero también un genio”. 02 Objetos muy pop De camino al meollo malasañero comentan que, como no tienen oficina, quedan “para pensar” sus acciones en los hoteles, especialmente el Palace. “Nos pedimos un té y estamos allí tres horas”, cuenta Eva. “Te sientes turista en tu propia ciudad. El bar tiene solera y mucha historia de periodistas y políticos, ya que se encuentra junto al Congreso de los Diputados”. En lo que narra la historia, llegamos a Curiosite (Corredera Alta de San Pablo, 28), la tienda de curiosidades y regalos de Emilio. Vuelve a hablar Eva: “Vende objetos sorprendentes y muy pop, pero sencillos y básicos. Todo es muy conceptual y multifunción”. Entre las piezas de este comercio con césped artificial en el suelo y un cristal que deja ver el sótano hay una hucha que cuenta el dinero cuando echas la moneda, una funda de ordenador portátil con forma de sobre antiguo, un mapamundi para rascar los países visitados, o cabezas de toros de cartón. “Preferimos salir a la calle antes que encerrarnos en un museo, aunque alguna acción también hemos hecho en alguno”, dicen mientras bajan la calle del Barco y se encaminan hacia donde Malasaña empieza a perder su nombre y convertirse en TriBall, el triángulo de Ballesta. 03 Plata comestible Ellos deciden pasar de las tiendas cool. Tras una fachada de madera de otra época y un escaparate con probetas y tarritos de finales del siglo XIX se esconde un mundo. Esto es Riesgo (Desengaño, 22), una mítica tienda con más de 15.000 productos químicos, abierta en 1866, donde hoy hay mucha cola y suena Black Eyed Peas. Hay etiquetas como “dextrina amarillo” y “tanino al éter”. “Nos fascina toda la hilera de cajones hasta el techo. Es una tienda del Madrid antiguo, de las que casi no quedan”, explica Eva. “Tienen oro y plata comestibles para pasteles, y todo tipo de pigmentos y pinturas”, añade Alberto. 04 Mezcal en barra Al salir de Riesgo, todo recto a la derecha se encuentra un lugar al que les gusta ir por las noches: Lulú Taco Bar (Luna, 22), cuyo máximo reclamo es el de los tacos finos. “Es una apuesta segura”, dice Eva sin dudarlo. “La comida es fantástica y auténtica. Nos encanta el pastel azteca y su selección de mezcales”. 05 Panes de cemento También son fans de los comestibles del horno San Onofre (hay varios en Madrid, pero este es el primero y se ubica en la calle de San Onofre, 3). Daniel, el jefe, les ayudó el pasado mayo a fabricar un molde para elaborar pan de cemento. Querían que les quedara con la misma apariencia apetecible y con los greñados, las típicas hendiduras de las barras. El resultado lo expusieron en un evento del colectivo artístico La Más Bella en el Teatro Pradillo. ¿Y qué querían transmitir? Eva y Alberto creen que la acción tenía una lectura libre, aunque el mensaje podría ser algo así: “Somos hijos de la burbuja inmobiliaria y ahora nos estamos comiendo esos ladrillos”. Glups. Afortunadamente, en San Onofre no hay pan de mentira, sino artesanal, al igual que los dulces, desde filloas hasta turrón. 06 Bombillas cardiacas A un paso está Fuencarral, vía que hay que cruzar para llegar a su último lugar favorito de la zona. En 2002 colocaron a lo largo de toda la calle a cien parejas comiéndose a besos, esparcidas de tal forma que no fuera tan obvio como un récord Guinness ni pasara desapercibido. Llegamos a Oliva (Hortaleza, 64), su tienda de iluminación favorita, a la que acuden para ambientar sus acciones y fiestas privadas. “Puedes amueblar una casa solo con luz, puedes ligar con la luz idónea, la luz te puede llegar a deprimir…”. Les vuelven locos las bombillas rojas “porque son festivas, hacen a la gente más guapa, tamizan la piel y alteran el pulso cardiaco”. No faltan en ninguno de sus saraos. Por Cristobal Ramirez via El País


ANTONIO MUÑOZ MOLINA para el diario EL PAIS
Algo más ha ocurrido a lo largo de todos estos años alucinados, los años del delirio que duró tanto y del que no parece que despertemos del todo; algo más, aparte de la sinvergonzonería, del despilfarro, de la arrogancia de los nuevos ricos, de la obsesión por los orígenes, de la creencia alentada por la clase política de que se puede tener todo sin pagar por nada ni responsabilizarse de nada ni agradecer nada. Ahora se abren los ojos, ya sin remedio, y lo que se ve no es solo que de nuevos ricos hemos pasado a nuevos pobres, y que es a los débiles a los que les toca pagar las calamidades desatadas por los poderosos. Lo que se ve, además, es que en todos estos años, sin que nos diéramos mucha cuenta, nos ha ido rodeando e invadiendo un océano de fealdad, un océano que ocupa desde los paisajes que parecían más deshabitados o remotos hasta el corazón de las ciudades. Es una fealdad pública y también privada; una fealdad a escalas inmensas y en tamaños reducidos y no por eso menos viles; se la ve caminando por las calles y cuando se viaja en coche o en tren por esos alrededores cancerosos que nunca terminan y que incluyen siempre centros comerciales, polígonos cimarrones en mitad de páramos, barriadas compactas con torres de muchos pisos que nunca llegarán a ser habitados o urbanizaciones de adosados que se pierden en la lejanía, franquicias de comida basura, prostíbulos con letreros de neón que parpadean débilmente en los mismos secanos y bajo el mismo sol arcaico que tanto emocionaba a los estetas de la generación del 98.
La fealdad de iniciativa privada y de pequeña escala lo asalta a uno desde la puerta de un bar del que sale una musiquilla de máquina tragaperras y un olor a fritangas, desde una de esas tiendas o bazares chinos, desde un atroz salón de juegos junto al que algún jubilado se agrava la bronquitis crónica poco antes de aplastar la colilla en el suelo y del volver adentro para dilapidar la pensión escuchando el Baile de los pajaritos. Es asombroso que tratándose de una fealdad en la que intervienen tantos empeños individuales el efecto general sea tan unitario: el mismo en una calle del centro de Madrid y en una del extrarradio, en el sur o en el norte, en nacionalidades históricas dotadas de una identidad cultural que se remonta al paleolítico o a las cruzadas y en esas otras que se han ido apañando por imitación en las últimas décadas. Justo en ese tiempo en el que más recursos se han invertido en recuperar identidades es cuando se ha logrado una unidad más perfecta: la estética española de lo desaliñado y lo pavoroso.
Casi no se puede decir, porque otro de los muchos logros de esta época ha sido el fomento de orgullos colectivos tan propensos al agravio que la menor crítica conduce al linchamiento, al anatema y la excomunión. Pero en muchas ocasiones, en una capital o en un pueblo de mil habitantes, lo que sorprende, lo que casi estremece, es el grado y las variedades de fealdad que uno va encontrando. Pero a ver quién es el valiente que da un nombre. La arquitectura popular ha sido arrasada casi en todas partes. Y lo que queda muchas veces es un monumento histórico rodeado de horrores, aislado del ecosistema en el que tuvo sentido. Queda el monumento, mal que bien, quedan las extensiones de bloques de pisos con cierres de carpintería metálica y portales de falso mármol, algunos de ellos aderezados con fantasías posmodernas de los años ochenta, quedan los pavimentos de granito y las calles sin aceras y con bolardos o chirimbolos y bancos públicos sin respaldo que a los arqueólogos del porvenir les servirán para fechar la era Zapatero de principios del siglo XXI.
Y quedan otros dos rasgos fundamentales de dicha era: los llamados edificios emblemáticos o icónicos y la escultura de rotonda de tráfico. Ahora es bastante cómico leer las críticas tajantes, aunque retrospectivas, que empiezan a publicarse sobre las extravagancias arquitectónicas de estos últimos veinte años. Pero hasta que Llàtzer Moix publicó en 2010 Arquitectura milagrosa el debate público sobre tales delirios no había existido (o si existía entre los arquitectos no llegaba a nosotros, la plebe no experta y no autorizada a juzgar), y nadie prestaba mucha atención a detalles tan poco relevantes como los costes de la construcción y los del mantenimiento. La era Calatrava también les resolverá problemas de datación a los arqueólogos del futuro lejano, y además les alegrará las excavaciones con hallazgos abundantes, aunque en ocasiones difíciles de interpretar.
Pero quizás el misterio arqueológico definitivo del próximo milenio serán las rotondas o glorietas de tráfico: el Stonehenge y el Machu Picchu y la isla de Pascua de la gran era de la fealdad pública española. Quizás en Kazajistán o en Mongolia o en alguna otra república postsoviética de Asia Central se encontrarán monumentos semejantes. Aproximarse por carretera a cualquier ciudad española es un horror más o menos idéntico en el que no hay más variaciones que el tamaño de las esculturas en las glorietas de tráfico y quizás el perfil distante de la aguja de una catedral. Las hay abstractas y las hay figurativas. Casi todas ellas exaltan algún fundamento de la gloria local. Algunas recuerdan el gusto escultórico de aquellos dos antiguos amigos de Occidente, Sadam Husein y Muamar el Gadafi. Algún historiador del arte con inclinaciones depravadas podría hacer una tesis sobre ese fenómeno estético.
Estoy impaciente porque se termine y se inaugure la que será probablemente la obra maestra de la escultura de glorieta. Ahora mismo las fotos la muestran todavía rodeada de andamios, en medio de un páramo, pero no puede faltar mucho para que esté terminada. Recibirá a los viajeros que lleguen al aeropuerto de Castellón, que fue inaugurado con gran pompa hace casi un año por las autoridades autonómicas y provinciales, pero en el que sigue sin aterrizar ni despegar ningún avión. La escultura, obra del artista Ripollés, es, según la descripción del periódico, “un coloso de metal de 20 toneladas”. Representa, en palabras del propio artista, “una figura a la que le saldrá de la cabeza un avión; ese es el germen y el esperma del nacimiento de la obra”. Parece ser que se trata de un homenaje algo alegórico al expresidente de la Diputación Provincial de Castellón, de cuyo cerebro brotó, por citar al artista, el germen y el esperma de este aeropuerto.
Recordar que la escultura costará 300.000 euros es sin duda una mezquindad. Quién le pone precio al arte. Y al fin y al cabo ese gasto es una nadería en un aeropuerto que ha costado 150 millones de euros, y que costará mantener 8 millones al año. En el caso no improbable de que ningún avión llegue a aterrizar en él, los vecinos de la zona podrán recrearse paseando bucólicamente por las pistas y admirando en silencio la escultura del artista Ripollés. Quizás dentro de mil años el coloso castellonense de 20 toneladas será una de las pocas reliquias visibles de nuestra era de la fealdad.
Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim. Llàtzer Moix. Anagrama. Barcelona, 2010. 288 páginas. 18 euros. antoniomuñozmolina.es
Nieto Sobejano - Merida auditorium and conference center, Merida 2004 (click images for big). The concrete facade is imprinted with maps of ancient walled cities. Construction process here.
(Source: subtilitas)


Ad Hoc Armchair, by Jean-Marie Massaud for Viccarbe furniture label from Valencia
(Source: simplypi)
TEA tenerife espacio de las artes
(Source: theblackworkshop)