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Paseo por lo que queda del recinto de la Exposición Universal de 2010
por ZIGOR ALDAMA para el diario El País
Da pena caminar por el recinto de lo que fue la Exposición Universal de Shanghái. Nada más salir de la nueva estación de metro, ubicada al lado del pabellón de China -reconvertido en un museo de arte con poco tirón- lo primero que llama la atención es la falta de vida. Por estas calles caminaron sin descanso, hace tres años, hasta 73 millones de visitantes. Ahora, hay que aguzar la vista para encontrar algún ser vivo, y en las vacías carreteras de seis carriles, por las que circularon los vehículos eléctricos llamados a combatir la polución de la megalópolis, solo falta la típica bola de hierba empujada por el viento para acrecentar la sensación de estar en un desierto. De asfalto, eso sí.

El Pabellón de España durante la exposición.
A pesar de que su existencia estaba limitada inicialmente a los seis meses que duró el macroevento, organizado en superlativo para ser el más grande, el más caro y el más concurrido de la historia, varios pabellones todavía están en pie. La estupa que construyó Nepal, réplica de Swayambhunath en Katmandú, es ahora un esqueleto con la cabeza dorada, y los cúbicos espacios que ocuparon algunos países europeos languidecen con fachadas llenas de heridas y colores asesinados por el sol.
La única actividad de estos casi 3 kilómetros cuadrados de la zona de Pudong se concentra en unas pocas parcelas tomadas por grúas y habitadas por obreros que sorben ruidosamente sus sopas de fideos instantáneos. Así, es difícil adivinar cómo se cumplirán los objetivos marcados en el 12º Plan Quinquenal del Partido Comunista, que prevé convertir este lugar en el nuevo motor de crecimiento económico del centro financiero del país, y pretende llenarlo de infraestructuras dedicadas al arte, la cultura, el comercio y la tecnología.
De momento, además del nuevo Museo de Arte, solo están en uso el Mercedes-Benz Arena, donde se organizan algunos grandes conciertos, el pabellón de Arabia Saudí, cuyo presupuesto superó los 100 millones de euros para alcanzar el récord del más caro jamás construido, y algunos de los mastodontes de acero y cristal que albergan oficinas gubernamentales. No deben de estar muy concurridas, porque el personal de seguridad ronca en la garita. Eso sí, todo el recito está plagado de vallas que impiden el acceso al resto de los edificios.

El Pabellón de España tres años después.
También al que alojó el pabellón de España. Hay que caminar un buen trecho hasta llegar al ‘cesto’ de Benedetta Tagliabue, la punta de lanza de una gran participación española que también contó con la presencia de Madrid, Barcelona y Bilbao en espacios propios. El gobierno central gastó 72 millones de euros en su intento de promocionar la imagen del país en China. Y lo consiguió gracias a Miguelín, el muñeco gigante ideado por Isabel Coixet, que ahora hace las delicias de los visitantes en el Museo de la Expo, y gracias también al espectacular diseño del pabellón.
Las sinuosas formas del revestimiento vegetal, que creaban ideogramas chinos y formas diferentes según el ángulo desde el que se miraba el edificio, le dieron al recinto español la medalla de bronce de la Expo, un galardón que suponía el indulto de la obra de Tagliabue. Iba a convertirse en la referencia del mundo cultural español en China. Se especuló con su uso como sede del Instituto Cervantes, o como invernadero para empresas españolas.
Pero lo cierto es que, ahora, se lo come el moho. Las planchas de mimbre se caen a pedazos, y la hierba trepa por doquier. El sol ha ennegrecido el revestimiento, que estaba diseñado para soportar las inclemencias meteorológicas de seis meses, no de tres años. Y todavía no se ha decidido cuál será su uso. Fuentes del Consulado en Shanghái aseguran que las negociaciones van a buen ritmo, pero que no se puede confirmar nada. Por lo visto, es necesaria una gran inversión para que el edificio recobre la vida. Y España no va a poner un solo euro para hacerle el boca a boca y evitar un nuevo cadáver en la Exposición Universal.
Cinema Center Madrid by Churtichaga+Quadra-Salcedo Arquitectos

Los nuevos proyectos arquitectónicos contraponen tradición a innovación. Norman Foster levanta en Masdar City un gran barrio de fondo sostenible.
por Anatxu Zabalbeascoa para el diario El Pais
Es sabido que solo el tiempo, y a capas, es capaz de diseñar las mejores ciudades, las más cercanas a las necesidades de sus habitantes, que son en realidad quienes van decidiendo las actuaciones que las perfilan. Sin embargo, los arquitectos continúan soñando con la utopía de levantar una ciudad entera: del cero al cielo con una misma mirada. Uno de los últimos en tratar de materializar esa visión ha sido Norman Foster. El británico ha levantado en Masdar City —en realidad un gran barrio residencial de Abu Dabi— una ciudad que presume de estar entre las más sostenibles del planeta. Allí, las calles de los zocos —no estrechas, pero sí a escala de los peatones— y las zonas de sombra conviven con coches eléctricos que llegan al barrio bajo tierra, ocultos como los cables del teléfono o el alcantarillado para no perturbar la tranquilidad.
Así, a pesar de toda la tecnología que ha desplegado el equipo del arquitecto high tech, la clave que dibuja el perfil del barrio resulta familiar. Protegiendo del sol y recortando las sombras, la mayor proeza de esa futura ciudad supuestamente sostenible tiene menos que ver con la innovación que con la tradición. Responde, en realidad, a materiales cerámicos y a la socorrida celosía, que deja pasar el aire a la vez que mitiga el efecto del sol.

La celosía —un enrejado de madera, piedra o metal que cierra el vano de una puerta o una ventana— permite ver sin ser visto. Esa posibilidad le ha granjeado protagonismo en múltiples tradiciones arquitectónicas, sobre todo a ambos lados del Mediterráneo. Pero el calado ofrece algo más que intimidad: deja pasar la luz y el aire, permitiendo la ventilación y evitando el calentamiento. Es decir hace posible que la casa respire.
En Olérdola, en el Alto Penedés y junto a algunos de los viñedos tradicionales de la zona, el arquitecto Gustau Gili Galfetti ha levantado una escuela de límites porosos. En el colegio Rossend Montané, los patios, que disgregan los dos cuerpos del edificio, provienen de una tradición tan mediterránea como las celosías que lo encierran. La retícula que frena el soleamiento excesivo y deja pasar el aire, permite apreciar, desde el interior del colegio, el paisaje circundante. Pero también levanta un velo: no revela nada que el edificio no quiera mostrar.
Ese velo pétreo fue construido, indica Gili, por dos materiales “contrapuestos” derivados del hormigón. Las celosías son, efectivamente de hormigón. Pero los límites de los patios están dibujados con otro tipo de hormigón, más sofisticado, coloreado y texturado que remite a los tonos del paisaje circundante.
El trabajo desde la escasez y desde el conocimiento de la tradición dibuja la expresión de arquitectos que han apostado por la historia para reducir el consumo energético de sus proyectos. No acabar un edificio es toda una declaración de principios. Gustau Gili sostiene que deberán ser los alumnos quienes completen el colegio.
También en la ampliación del Instituto Josep Sureda y Blanes, en Palma de Mallorca, Aina Salvá, Antonio Marqués y Alberto Sánchez, SMS arquitectos, recurrieron al uso de los materiales más sencillos, los habituales en la arquitectura popular de las islas, y echaron mano de la celosía. Más allá del filtro tradicional, estos proyectistas vieron en ella una expresividad nueva y, a la vez, familiar. Modestia y atrevimiento se dan cita en una solución que contribuye a la vez al control del consumo, a la eficiencia energética y a la construcción de la identidad de los edificio. Y de los lugares. La tecnología, para humanizarse, vuelve la vista a la historia y a las tradiciones.


Un estudio sevillano construirá un centro cultural que aspira a ser imagen de la ciudad palestina
Manuel Morales para El Pais
Que sea un hito, un edificio representativo de la cultura palestina. Con esa idea el estudio sevillano de arquitectos Donaire va a construir en Ramala un centro cultural tras ganar el concurso internacional convocado por la A. M. Qattan Foundation, en el que se impusieron a otros dos finalistas españoles y uno londinense. En la primavera de 2013 comenzará a levantarse “como un faro” en una ladera virgen de la ciudad sede de la Autoridad Palestina. Estará integrado por dos partes, “un zócalo de piedra” que albergará en sus galerías la gran colección de arte de la fundación, una librería y una sala multifuncional y, superpuesto, “un prisma semitransparente para la biblioteca y las oficinas”, explica por teléfono el dueño del estudio sevillano, Juan Pedro Donaire (Granada, 1971), que confía en que su proyecto, presupuestado en casi cuatro millones de euros y cuyas obras durarán año y medio, contribuirá a desligar el nombre de Ramala de todo lo relacionado con el conflicto palestino-israelí.
“Visitamos Ramala porque era una de las condiciones del concurso y lo que encontramos fue un gran dinamismo económico, muchas grúas…”, dice Donaire. En ese frenesí constructor se mueve la fundación promotora del proyecto, que tiene negocios en el golfo Pérsico, impulsa las manifestaciones artísticas árabes y promueve la educación de niños palestinos.
Una fundación con negocios en el golfo Pérsico financia el proyecto
Un jurado internacional con arquitectos de Jerusalén, El Cairo, Beirut y Londres eligió “por unanimidad” la propuesta de los sevillanos. “Les gustó mucho que se diferenciara bien la zona pública de la privada en el edificio. Ahora aspiramos a que se convierta en un icono, una imagen reconocible desde todas las vistas de la ciudad de Ramala, un buque insignia de la cultura palestina”. El centro cultural estará “envuelto en una piel de lamas, de piedras de caliza tomadas de canteras locales”. Otro aspecto en el que insistieron los miembros de la fundación palestina, fundada en 1994, es el medioambiental. “Están muy concienciados, por eso se instalarán paneles fotovoltaicos y habrá una gestión racional del agua por su escasez en la zona”.

El sueño de los sevillanos para esta “luz en la montaña” es que se convierta “en un referente social para los palestinos”, un Guggenheim a pequeña escala que atraiga a visitantes de otros países. Además, las personas que lo visiten podrán pasear en “una amplia plaza” que se abrirá delante del edificio y que los arquitectos construirán con la idea de que se convierta en “el centro de la vida diaria de los palestinos y en un espacio para conciertos al aire libre”.
Donaire subraya que su propuesta es también un homenaje a la arquitectura árabe. Así ocurre con la disposición del centro, “como clavado en la ladera, igual que la Alhambra”; las lamas, “que harán de celosías”, y la decoración con azulejos de motivos vegetales y las baldosas de cerámica. “Queremos que se cree un ambiente confortable, con mucha luz natural y ventilación a través de patios”. Aire fresco para un espacio ubicado en un territorio donde hace calor casi todo el año.
Estudios como el de Donaire —que abrió en 2000 y en el que desarrollan su labor nueve jóvenes profesionales— se han “visto abocados” por la crisis a presentar sus ideas fuera de España. “El arquitecto español está muy bien valorado por su técnica y formación. Es una pena que no podamos trabajar aquí”. El año pasado ya ganaron un concurso para levantar una torre con hotel y oficinas en Graz (Austria). “Ahora queremos volcarnos en proyectos en Oriente Próximo. Es una tierra en la que están surgiendo muchas oportunidades”.
A Review of the Spanish Pavilion (at the Venice Biennale) by Ethel Baraona
Siete de las 32 primeras parcelas adjudicadas han sido sembradas nada más conocerse el nombre de sus beneficiarios.

Apenas tres semanas después de que fueran adjudicados los 32 primeros huertos urbanos de Sociópolis, siete de ellos ya han sido sembrados y el resto empezarán a cobrar su natural color verde conforme sus nuevos hortelanos vayan volviendo de vacaciones. A falta de grandes novedades en cuanto a la terminación o comienzo de nuevas promociones, los huertos se han convertido, por tanto, en el mejor revulsivo de esta macrourbanización montada en la pedanía de La Torre.
En principio, la previsión y el diseño de Sociópolis, obra del arquitecto y urbanista Vicente Guallart, incluye más de 300 huertos urbanos diseminados por toda la urbanización, que se compone de 18 promociones para alrededor de 3.000 residentes. Ahora, no obstante, y dado que sólo hay siete promocione en marcha y los primeros vecinos apenas llevan un año, se han adjudicado los primeros 32 huertos, seleccionando entre las múltiples peticiones a quienes tuvieran mayores apuros económicos y con preferencia para los vecinos de La Torre.
Con el Consell Agrari
Esa adjudicación se ha conocido en agosto y ya se han sembrado siete, siguiendo siempre el asesoramiento de los profesionales del Consell Agrari de Valencia, que tiene su sede allí mismo y ya cultiva algunos de estos huertos para entregar la producción (llevan alrededor de 3.000 kilos) a entidades sociales como Casa Caridad.
En el Consell esperan que el resto de los huertos eche a andar conforme la gente vuelva de vacaciones. De hecho, ayer acudieron varios jóvenes para informarse del procedimiento y empezar a trabajar en sus propias parcelas, que tiene en torno a los cien metros cuadrados.
Operativamente hablando, el reto es fácil. Una vez pagado el pequeño canon de la adjudicación y realizado el sorteo, los agraciados que no tengan experiencia en la materia sólo tienen que ponerse en manos de los profesionales del Consell Agrari, que les facilitan semillas, les indica, en su caso, dónde pueden adquirir planta, les aconsejan sobre los productos de cada época e incluso les enseñan a regar para aprovechar lo mejor posible el agua que cada martes les sirve la acequia de Favara.
A partir de ahí, ellos tienen que poner el trabajo y cultivar lo que más les intereses y en la cantidad que quieren. Lo único que está prohibido es comercializar el producto. El enfoque de estos huertos tiene que ver más con el medio ambiente, el esparcimiento o el abastecimiento familiar en el sentido más amplio de la palabra.
De momento, las hortalizas que más éxito tienen son los tomates y las alcachofas, aunque también hay lechugas, habas, escarola etc., todo muy incipiente y levantando apenas unos centímetros sobre la tierra.
(Source: ilikearchitecture)

Chiringuitos cada vez más responsables. A eso es a lo que aspira el ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, el que a través de la Fundación Biodiversidad ha elaborado un decálogo de buenas prácticas para los restaurantes a pie de mar. El Gobierno eleva así a campaña institucional la defensa de los chiringuitos que durante años ha realizado el PP, que sostenía que la Ley de Costas, vigente desde 1988, amenazaba estas concesiones. Greenpeace denuncia que se trata de otro distintivo —como el de las banderas azules— que no tiene en cuenta la conservación ambiental de la zona y lamenta que esta sea el emblema del Gobierno para el litoral.
La campaña veraniega de la Administración busca que los locales cumplan con algunas prácticas ecológicas y que se comprometan con la conservación del litoral. Entre esas prácticas incluyen algunas como “desarrollar labores diarias de limpieza y conservación del entorno de la playa”. Los que así lo hagan, obtendrán un distintivo que acredite su labor.
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Es raro, en los tiempos que corren, dar noticia de algo que no solo funciona bien, sino que plantea reforzarse y ampliar su campo de acción. Es el caso del Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña (IAAC), una fundación privada sin ánimo de lucro que acaba de presentar el nuevo equipo directivo, integrado por Manuel Gausa, arquitecto y catedrático de la Universidad de Génova, y Antonio Nicolau, historiador y experto en gestión cultural, que llevarán respectivamente la dirección académico-científica y general, además del economista Francesc Joan, hasta ahora miembro del patronato que pasa a presidir.
“Queremos continuar siendo un motor de conocimiento y un lugar de producción e intercambio a la vez, reforzando la línea del IAAC como centro académico y de investigación, capaz no solo de crear contenidos y proyectos, sino de potenciar la dimensión cultural y social de la arquitectura”, explicó Gausa, que se vuelve a incorporar a un proyecto en el cual ya participó como integrante del grupo Metápolis, que puso las bases para su creación en 2001. Tanto Gausa como Nicolau insistieron en el enfoque transdisciplinar e interactivo en la concepción, diseño y construcción del hábitat humano, desde las viviendas a las operaciones de macrourbanismo. “Necesitamos un urbanismo más sensible y empático con el paisaje, el contexto, el usuario, el medio e incluso la imaginación”, indicó Gausa. El arquitecto resumió su planteamiento en la necesidad de aplicar políticas de conservación de los activos, sean patrimonio o naturaleza, y creatividad e innovación sostenible y responsable en lo nuevo.
“Estamos en un momento de cambio y la arquitectura está transformando también su metodología de trabajo”, aseguró. Así que mientras se multiplican las maestrías que dejan de ofertarse por falta de inscripciones, el Máster en Arquitectura Avanzada del IAAC ha llegado a contabilizar 74 alumnos de 30 países y los resultados son tan positivos que amplia su oferta docente con la creación de un Máster en Interacción Avanzada. El curso, que incluye materias como ingeniería, informática, arte y sociología, empezará a impartirse en septiembre. “Somos un centro de referencia internacional, también gracias a la colaboración con entidades como el MIT, las universidades de Harvard, Tejas y Chicago, y la Politécnica de Cataluña”, indicó Nicolau, que ya se incorporó hace unos meses a la dirección general, tras la marcha de Vicente Guallart al Ayuntamiento de Barcelona.
Entre las últimas propuestas salidas de la nave de la calle de Pujades, donde tiene su sede el IAAC, destaca el pabellón Endesa, instalado hasta finales de año en el Port Olímpic de Barcelona, enmarcado en el Proyecto Energrid, que impulsa el desarrollo de edificios autosuficientes, que se relacionan con su entorno de forma inteligente. Esta casa, llena de ángulos para aprovechar al máximo la capacidad solar, produce energía suficiente para autoabastecerse y para un coche eléctrico. “Proyectos como este demuestran la voluntad del IAAC de estimular la simbiosis y la interacción entre el mundo académico y la empresa”, concluyó Francesc Joan.

por PATRICIA ORTEGA DOLZ para El País.
Lo doméstico puede ser un espacio desde donde construir lo colectivo.
Eso quiso contar Andrés Jaque, con ayuda de Candela, en una obra que ha adquirido el MoMA.
Candela Logrosán Pérez ha encontrado un remedio para la soledad. Ha llenado su casa de soledades. Su vivienda de protección oficial, en un primer piso de la calle Mesón de Paredes en el barrio de Lavapiés, es casi un centro de peregrinación. Por allí pasa “a llorarle” Dulce, la dominicana; y Pilarucha, una ex compañera de trabajo, y “el abuelo”, un vecino mayor que le trae la ropa para que se la lave; y, cuando no está en la cárcel, el cubano que pasa hachís en la esquina; y viven sus seis perros y sus dos hijas con sus tres nietos; y su hijo, que ahora también ha vuelto a casa (los tres en la treintena); y suben algunos chavales que hacen malabares en la plaza; y algunos “negritos”… En la mesa del salón, o incluso con un cubo que sube y baja por el balcón, “la Candela”, como ella misma se denomina, le da de comer a quien puede si tiene. Unos días son unos y otros, otros. Hasta ahí, esta historia no pasaría de ser la de una heroína de barrio con una intensa vida social de 54 años que ya acusan sus piernas, artrósicas de décadas fregando escaleras. Pero la cosa adquiere otra dimensión cuando esa cotidianidad, esos retales de vida que transcurren en los 15 metros cuadrados que suman su cocina y su salón, se trasladan al MoMA de Nueva York como una instalación de la colección del museo de arte moderno. Y así es como éste se convierte en el cuento de cómo La Candela llegó al MoMA, o cómo un pedazo del corazón de Lavapiés se plantó en la Gran Manzana.
Desde hace tiempo, Andrés Jaque venía dándole vueltas a un par de ideas. A sus 41 años lidera un estudio en Madrid (Andrés Jaque Arquitectos) preñado de talento joven y empeñado en explorar la dimensión política de la arquitectura. Y se obsesionó con dos ideas. Una: “Los arquitectos nos hemos acostumbrado a crear nuevas realidades, pensamos que llegará lo nuestro y sustituirá a lo que existe. Pero yo creo que lo que hay que hacer es al contrario, debemos observar lo que hay para proteger y preservar las relaciones sociales que ya existen en un sitio determinado y no entrar como elefantes en cacharrería”.
Y dos: “En España, donde se han construido tantas viviendas, no se ha atendido suficientemente al ámbito doméstico que, frente a ese concepto de “repúblicas independientes de tu casa” o lugares donde olvidarse del mundo, son también espacios en los que se construye lo colectivo, sitios desde los que conectarse al mundo y crear vínculos sociales”.
Bajo esas dos premisas surge IKEA Disobedients, un objeto artístico con forma de acción, una “situación arquitectónica”, dicho en el lenguaje del gremio, una categoría que el MoMA incluye por primera vez en su colección de Diseño y Arquitectura de la mano del comisario portugués Pedro Gadanho, responsable del departamento desde el pasado mes de diciembre y una figura central en el movimiento de ficción arquitectónica (architecture fiction movement)
La excepcional adquisición, promovida por el interés del comisario del MoMA en el boom inmobiliario de los últimos años, eleva al nivel de arte la vida doméstica local, lo que ocurre en el interior de esas miles de viviendas construidas.
“La crítica también puede hacerse desde la arquitectura, desde cómo los arquitectos reflejan el mundo, hacia una mayor amplitud del espacio público a la vez que generan nuevas ideas que sirven de soporte de esta disciplina”, explicaba en una reciente entrevista en la revista italiana Domus, en la que ya anunciaba: “En septiembre, mi primera apuesta en la colección tendrá la forma de una muestra sobre actitudes políticas en la arquitectura”.
La inauguración y presentación de la obra nacida en Madrid, con el sello de Jaque y los suyos, será el próximo 12 de septiembre en ese templo del arte de la calle 53. El propio Gadanho pudo verla (para después adquirirla) en el evento de la Tabacalera del pasado mes de noviembre, Arte es Acción, donde se presentó por primera vez.
La pieza está formada por un archivo de personas que, como la Candela, realizan sus actividades domésticas cotidianas. Junta a esa mujer de raza, curtida en la dificultad y en la escasez de un matriarcado, están también Toñi con todos los de la chirigota de Vallecas. O Berta (ahora ya Teo) que vive en una nave industrial okupada por una comunidad de mujeres lesbianas que se organizan a todos los niveles: económico, de ocio…
Todas ellas son personas localizadas por Silvia Rodríguez, la socióloga del estudio de Jaque encargada de nutrir el archivo que ahora se ha apropiado el museo neoyorkino y que ahora seguirá creciendo con habitantes de la Gran Manzana.
“Llevábamos ya años investigando en la dicotomía entre el espacio público y el privado”, cuenta. “Y fuimos haciendo el archivo a base de contactar con asociaciones de vecinos o yéndonos directamente a las plazas y haciendo trabajo de campo allí, a pelo. Así encontramos a Candela y a todos los demás”, explica. “Se trata de formas de convivencia mucho más comunes y reales que las que aparecen en los catálogos de Ikea”, concluye.
Además, la adquisición del MoMA incluye la instalación formada por una montaña de muebles de Ikea montados desobedeciendo las instrucciones de la empresa sueca [fotografía de la izquierda]; y una performance, en la que vecinos de Manhattan, localizados allí, reproducen comportamientos y actitudes que tienen en sus casas y muestran su manera de habitar y utilizar el espacio doméstico como espacio social.
El objetivo de esta especie de obra en proceso constante (work in progress) es mostrar cómo el hogar no es, o no solo, un sitio para huir del mundo, sino también un espacio de compromiso público y político: “Desde una casa de chicos y chicas Erasmus, hasta una residencia confesional; desde un hogar de personas mayores solas que alquilan habitaciones a estudiantes, a una casa okupada o a una vivenda-patera… Hemos analizado a fondo casi un centenar de casos para hacer nuestro archivo”, cuenta Jaque.
El proyecto artístico lo ha comisariado Ariadna Cantís, siempre vagabundeando en ese espacio a caballo entre el arte y la arquitectura. Ella, por encargo del Ministerio de Cultura, fue la encargada de montar la muestra de Arte es Acción el pasado mes de noviembre y, entre otros proyectos, seleccionó el de Jaque: “Es un estudio muy interesante que incluye investigación y crítica y que tiene un alto grado de denuncia social en lo relativo a la vivienda, las nuevas formas de familia, la ecología, las desigualdades sociales…”, explica. “El hecho de que el MoMA haya adquirido esta pieza con todos sus componentes es un hito pero también marca un cambio de papeles con respecto a lo que venía sucediendo hasta ahora: Ya no es la bienal de arquitectura de Venecia la que marca la vanguardia, sino el museo neoyorkino que es quien ahora está haciendo una apuesta por lo desconocido y por reivindicar que la arquitectura es algo más que edificios. La arquitectura está intentando volver a la sociedad y, para lograr eso, no hay nada mejor que contar con ella. La disciplina está en un momento de cambio. No hay conclusión pero sí hay investigación y reflexión”, sentencia.
De la Tabacalera al MoMA, de Lavapiés a Manhattan. Un pedazo de vida de La Candela cruzará el océano que ella nunca ha cruzado. Lo sabe. Sabe que la verá mucha gente en Nueva York, “qué vergüenza”, aunque para ella, desde el trajín de su casa, el MoMA sea “una cadena de muebles más cara que el Ikea”.
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