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pier vittorio aureli - from the ruins of the post-fordist city #2, 2010
(Source: wmud)
Florian Nagler Architekten - Lang-Kröll house and studio, Gleissenberg 2002. (via simplypi)



El arquitecto Rafael Moneo recibe “como un regalo” el Premio Príncipe de Asturias de las Artes
Por ANATXU ZABALBEASCOA para el diario El Pais
Extraño gesto el del jurado de los Premios Príncipe de Asturias el de colgar al cuello de los dos arquitectos españoles más reconocidos y antagónicos, Rafael Moneo (Tudela, 1937) y Calatrava, la misma medalla por méritos tan opuestos. Moneo ha recibido hoy, el día en que cumple 75 años, la noticia “como un regalo”. “No sé si el jurado ha querido dar señal alguna sobre el camino que debe tomar la arquitectura. Sáenz de Oiza también obtuvo el premio. Me consta que hace bastante tiempo barajaron mi nombre como finalista y me alegra que, cuando creía pasado mi turno, hayan reconocido mi trabajo”, cuenta desde su estudio, en Madrid.

Autor del Museo de Arte Romano de Mérida (1986), de la ampliación de la Estación de Atocha (1992) y de la ampliación del Museo del Prado (2007), está claro que Moneo ha sido un arquitecto eminentemente reparador. Un proyectista que ha buscado más contribuir a la coherencia de la ciudad que aportar una expresión personal. Por inclinación, por capacidad o por decisión, sus intervenciones han ido siempre a favor del contexto. Él mismo reconoce que “hay un momento en que la buena arquitectura acaba perdiendo los rasgos personales para asimilarse y crear esos rasgos más amplios de la ciudad”. Y puede que sea ese paso atrás, esa manera cuidadosa, paciente y poco arriesgada de intentar colaborar en la formación de la urbe lo que haya valorado el jurado para reconocer a quien lleva décadas siendo el arquitecto español más reconocido del mundo.
“Hay un momento en que la buena arquitectura acaba perdiendo los rasgos personales”
Es cierto que en la trayectoria de Rafael Moneo puede leerse, durante algunas décadas, la historia reciente de la arquitectura: del metafísico Ayuntamiento de Logroño (1981) a la posmoderna Casa de la Cultura de Don Benito en Badajoz (1997). Pero lo es también que, llegado un momento, Moneo se bajó del carro de la historia para salvaguardar su propia obra. Más cartesiano y culto que creativo, optó por ejercer la cautela y fue fiel a su naturaleza decorosa y concienzuda cuando tantos edificios comenzaron a fragmentarse y a romper su perímetro con formas escultóricas. En ese momento, el único premio Pritzker español (1996) fue prudente. Se apeó de las tendencias internacionales, al contrario que los portugueses Alvaro Siza o Eduardo Souto, que sí emplearon su enorme conocimiento para acercarse a otra visión más vigorizante, y también más formalista, de la arquitectura con resultados que permiten aplaudir el cambio en personas que acumulan cinco décadas de profesión.

No fue el caso de Moneo, que ha jugado sus últimas bazas recuperando la sobriedad moderna con la Biblioteca de Deusto (2010), junto al Guggenheim de Bilbao, o apostando por la abstracción geométrica en el elegante edificio de ciencias de la Universidad de Columbia (2011). El más respetado entre los arquitectos españoles ha sido, sobre todo, un maestro de arquitectos, un proyectista extraordinariamente culto y un profesional responsable, y también intocable, que ha aprendido una forma de gestionar su profesión alejada de la práctica de visitar continuamente las obras y decidir allí acabados, entregas y, en realidad, la coherencia final de un edificio.

Esa manera de trabajar, aprendida con otro premio Príncipe de Asturias, Francisco Javier Sáenz de Oiza, el autor de Torres Blancas, tuvo que cuestionarla Moneo cuando, tras ejercer de Decano en la Escuela de Arquitectura de Harvard inició una práctica cosmopolita que le llevó a construir en Estocolmo (Moderna Museet, 1998), Houston (Museo de Bellas Artes, 2000) y Los Ángeles (Catedral, 2002 ). El mundo no es compatible con la manera artesana de tomar decisiones a pie de obra. Exige una profesionalización de la arquitectura que obliga a resolver sobre los planos los detalles y encuentros que Moneo se había habituado a solucionar en la obra. Ha sido el precio de crecer. Y aunque está claro que Moneo no ha convertido su oficina en una gran firma anónima, también lo está que el arquitecto no ha vivido el conflicto entre crecer o concentrarse con facilidad. “He podido tener más trabajo del que he tenido. Pero ¿qué hubiera ganado con multiplicar mi obra mucho más? Seguramente no tanto. También he hecho más trabajos de más que de menos”, reconocía a este periódico.
“El arquitecto favorito de Rafael Moneo es el danés Jorn Utzon”
Es significativo que el único libro que explica cronológicamente el trabajo de Rafael Moneo sea el volumen Apuntes sobre 21 Obras (Gustavo Gili), que analiza en 679 páginas esa cantidad de proyectos, menos de la mitad del trabajo del arquitecto. En esa lucha por crecer o contenerse, las bazas de Moneo han sido la cultura, la capacidad analítica y la disciplinada responsabilidad de ceñirse a lo que se le pide. La experiencia de saber escuchar al lugar tanto como la de saber solucionar los problemas le han servido para convertirse en uno de los proyectistas más fiables del mundo. “Hay instituciones que no quieren que el dinero para hacer un edificio se lo gaste un señor haciendo un garabato”, confiaba, de nuevo, a este diario. Aplaudido por su rigor constructivo y por su capacidad para realizar edificios sólidos y entroncados con los lugares, y tibiamente discutido por no tener una obra perfecta o por haber realizado las obras de más que él mismo reconoce, Moneo no hace garabatos. Aunque pueda admirarlos.

El arquitecto favorito de Rafael Moneo es el danés Jorn Utzon, el fallecido autor de la Ópera de Sidney, con el que trabajó durante un año. Es también significativo que lo que más le gusta a Moneo de ese edificio gestual y osado, en los antípodas de su discreta manera de proceder no sea su espectacular vuelo ni su fuerza icónica sino su inesperada implantación frente a la bahía. Y es ahí, en esa manera de posarse, donde el edificio australiano apuesta por relacionarse con el contexto, lo que permite que con el Kursaal de San Sebastián Moneo rinda homenaje a su maestro.

Madrid y Teruel inauguran nuevos ejemplos de intervenciones arquitectónicas en las que el terreno es protagonista.
Por INMA E. MALUENDA / ENRIQUE ENCABO para El Cultural.es
La arquitectura escarpa su perfil en busca de nuevas soluciones. Madrid y Teruel inauguran estos días nuevos ejemplos de intervenciones en las que el terreno es protagonista. Conviene preguntarse si estas geologías artificiales, más que un llamativo recurso formal, no serán por fin auténticas construcciones públicas, nuevos espacios emergentes.
En El altar de Gante de Jan Van Eyck, como en otros cuadros de la escuela flamenca, el espectador encuentra, tras los detalles exquisitos, fantásticas incongruencias. Un primer impulso las atribuye a un error del artista, ya que sobre la planicie de los Países Bajos surgen abruptos relieves rocosos. Es de suponer que en lugar de delinear el territorio, Van Eyck prefirió interpretar el horizonte mediante la invención geológica.
Los paisajes del campus de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), en Cantoblanco, y de la Plaza del Mercado de Teruel distan mucho, desde luego, de la planicie holandesa. Con suaves pendientes, se acomodan al paso de los viandantes, a su tránsito lento. Pero en la UAM algo rompe súbitamente la rutina: unos pequeños montículos de colores anaranjados asoman del pavimento, en los márgenes se extiende un gran manto de césped artificial y emergen tres torres de policarbonato. En el coso turolense sucede algo parecido: el terreno se fragmenta en bandas plegadas sobre las que se abre una flor metálica en rojo rabioso. En ambos, la perplejidad es la antesala del descubrimiento; al peatón le cuesta un cierto tiempo percatarse de que, en realidad, está pisando un edificio y ha subido a su cubierta sin querer, sin necesidad de un solo escalón. El relieve aparece en nuestras ciudades como si la naturaleza se hubiera tomado una revancha frente a esas plazas duras con las que nos hemos castigado durante tanto tiempo.
Estos dos proyectos, que abren sus puertas simultáneamente, son a la vez ciudad y paisaje. También sus orígenes datan de eras similares. En Teruel, el equipo formado por MI5 Arquitectos (Manuel Collado y Nacho Martín) y PKMN (Carmelo Rodríguez, David Pérez, Enrique Espinosa y Rocío Pina) ganó en noviembre de 2006 el concurso para la recuperación de una plaza. Sólo unos meses después, en abril de 2007, MTM -la oficina de Javier Fresneda y Javier Sanjuán- se adjudicó la convocatoria de un edificio de servicios universitarios para la Autónoma de Madrid. Y en ambos, el proceso demuestra que lo inesperado tiene premio. La intervención en Teruel, poco más que una ordenación superficial en sus inicios, perforó el terreno hasta convertirse en un centro de ocio con espacios para la escalada, gimnasio, tiendas, cafetería y sala polivalente. En Madrid, el concurso planteaba un auditorio para más de 2.000 personas y usos asociados, que la propuesta transformó en una vaguada artificial, un ágora o Plaza Mayor rodeada de pequeños servicios. Pese a la viveza de sus colores o la singularidad de sus detalles, los dos casos distan de resultar impositivos o demasiado conscientes de sí mismos, para comportarse más próximos a una obra de ingeniería o una infraestructura de vocación urbana.
Parece que las montañas han venido para quedarse. Ábalos y Sentkiewicz están terminando una estación en Logroño que cose dos barrios antes separados por las vías y ofrece un jardín urbano en su cubierta; y Carles Muro y Charmaine Lay un mercado en Inca, Mallorca, sobre cuya cubierta se puede caminar sin obstáculos, como sucede en la celebrada Ópera de Oslo. La erupción de topografías artificiales tiene incluso denominación propia: Stan Allen -decano de Princeton, hasta hace tan solo unas semanas- acuñó en 2011 el término Landform Bulding como título de un libro que oficializa el retorno de los edificios a la tierra, tras décadas de cajas flotantes pudorosamente apoyadas en pilotis.
Más allá de coincidencias o movimientos, tal vez exista un matiz que ayude a explicar la proliferación de relieves construidos. La arquitectura se ha centrado hasta la fecha en el aspecto exterior de edificios que además de ser públicos debían parecerlo: ayuntamientos, bibliotecas, museos, teatros o casas de cultura se ofrecían fuera de su horario de apertura como imponentes muebles urbanos. Pero los tiempos exigen hoy de los arquitectos mucho más que volúmenes simbólicos o fachadas seductoras. Aquí la geología ofrece un extra: un nuevo espacio público por el mismo precio, una recuperación de lo ocupado. La verdadera ley del suelo se nos aparece así más telúrica que económica. Algunos arquitectos, como pintores de paisajes, han descubierto las ventajas de mover montañas, de habitar entre estratos artificiales y de crear escenarios que enriquezcan el relato cotidiano. En las fallas del terreno se oye un rumor: bajo la agitación de la superficie transcurre aún, clandestino, el decurso de lo público.
One of the first completed works for Oh, Canada: Michel de Broin’s clever picnic table fortress.
(Source: massmoca)