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A lot of people think L.A. is just eyesore after eyesore. Full of mini malls, palm trees and billboards. So what? They don’t know the L.A. I know. The good, the bad and the ugly about L.A. The good; The Forum, The Five Torches, The Cockatoo Inn, Brolly Hut, Watts Towers. One’s man eyesore is another man’s paradise. The Bad; the traffic. Each freeway has its own personality. The 405, bougie traffic. The 110, (ha ha) that’s gangsta traffic right there.There’s a difference, you gotta know where you at. Coming from South Central Los Angeles, you’ve got to use what you’ve got and make the best of it. What I love about the Eames is how resourceful they are. Charles and Ray Eames a husband and wife team. Before I did rap music I studied architectural drafting and one thing I learned is that you always gotta have a plan. Two days to build this frame. “Two Days.” Got off-the-shelf factory windows, prefabricated walls. They was doing mashups before mashups even existed. It’s not about the pieces, it’s how the pieces work together. You know taking something that already exists and making it some special. You know – kinda like sampling. In a world full of mc-mansions, where the structure takes up all the land. The Eames made structure and nature one. This Is Going Green 1949 Style, Bitch’. Believe that. Who are these people who got a problem with LA? Maybe they just mad that they don’t live here.
-O’Shea Jackson [Ice Cube]

ANTONIO MUÑOZ MOLINA para el diario EL PAIS
Algo más ha ocurrido a lo largo de todos estos años alucinados, los años del delirio que duró tanto y del que no parece que despertemos del todo; algo más, aparte de la sinvergonzonería, del despilfarro, de la arrogancia de los nuevos ricos, de la obsesión por los orígenes, de la creencia alentada por la clase política de que se puede tener todo sin pagar por nada ni responsabilizarse de nada ni agradecer nada. Ahora se abren los ojos, ya sin remedio, y lo que se ve no es solo que de nuevos ricos hemos pasado a nuevos pobres, y que es a los débiles a los que les toca pagar las calamidades desatadas por los poderosos. Lo que se ve, además, es que en todos estos años, sin que nos diéramos mucha cuenta, nos ha ido rodeando e invadiendo un océano de fealdad, un océano que ocupa desde los paisajes que parecían más deshabitados o remotos hasta el corazón de las ciudades. Es una fealdad pública y también privada; una fealdad a escalas inmensas y en tamaños reducidos y no por eso menos viles; se la ve caminando por las calles y cuando se viaja en coche o en tren por esos alrededores cancerosos que nunca terminan y que incluyen siempre centros comerciales, polígonos cimarrones en mitad de páramos, barriadas compactas con torres de muchos pisos que nunca llegarán a ser habitados o urbanizaciones de adosados que se pierden en la lejanía, franquicias de comida basura, prostíbulos con letreros de neón que parpadean débilmente en los mismos secanos y bajo el mismo sol arcaico que tanto emocionaba a los estetas de la generación del 98.
La fealdad de iniciativa privada y de pequeña escala lo asalta a uno desde la puerta de un bar del que sale una musiquilla de máquina tragaperras y un olor a fritangas, desde una de esas tiendas o bazares chinos, desde un atroz salón de juegos junto al que algún jubilado se agrava la bronquitis crónica poco antes de aplastar la colilla en el suelo y del volver adentro para dilapidar la pensión escuchando el Baile de los pajaritos. Es asombroso que tratándose de una fealdad en la que intervienen tantos empeños individuales el efecto general sea tan unitario: el mismo en una calle del centro de Madrid y en una del extrarradio, en el sur o en el norte, en nacionalidades históricas dotadas de una identidad cultural que se remonta al paleolítico o a las cruzadas y en esas otras que se han ido apañando por imitación en las últimas décadas. Justo en ese tiempo en el que más recursos se han invertido en recuperar identidades es cuando se ha logrado una unidad más perfecta: la estética española de lo desaliñado y lo pavoroso.
Casi no se puede decir, porque otro de los muchos logros de esta época ha sido el fomento de orgullos colectivos tan propensos al agravio que la menor crítica conduce al linchamiento, al anatema y la excomunión. Pero en muchas ocasiones, en una capital o en un pueblo de mil habitantes, lo que sorprende, lo que casi estremece, es el grado y las variedades de fealdad que uno va encontrando. Pero a ver quién es el valiente que da un nombre. La arquitectura popular ha sido arrasada casi en todas partes. Y lo que queda muchas veces es un monumento histórico rodeado de horrores, aislado del ecosistema en el que tuvo sentido. Queda el monumento, mal que bien, quedan las extensiones de bloques de pisos con cierres de carpintería metálica y portales de falso mármol, algunos de ellos aderezados con fantasías posmodernas de los años ochenta, quedan los pavimentos de granito y las calles sin aceras y con bolardos o chirimbolos y bancos públicos sin respaldo que a los arqueólogos del porvenir les servirán para fechar la era Zapatero de principios del siglo XXI.
Y quedan otros dos rasgos fundamentales de dicha era: los llamados edificios emblemáticos o icónicos y la escultura de rotonda de tráfico. Ahora es bastante cómico leer las críticas tajantes, aunque retrospectivas, que empiezan a publicarse sobre las extravagancias arquitectónicas de estos últimos veinte años. Pero hasta que Llàtzer Moix publicó en 2010 Arquitectura milagrosa el debate público sobre tales delirios no había existido (o si existía entre los arquitectos no llegaba a nosotros, la plebe no experta y no autorizada a juzgar), y nadie prestaba mucha atención a detalles tan poco relevantes como los costes de la construcción y los del mantenimiento. La era Calatrava también les resolverá problemas de datación a los arqueólogos del futuro lejano, y además les alegrará las excavaciones con hallazgos abundantes, aunque en ocasiones difíciles de interpretar.
Pero quizás el misterio arqueológico definitivo del próximo milenio serán las rotondas o glorietas de tráfico: el Stonehenge y el Machu Picchu y la isla de Pascua de la gran era de la fealdad pública española. Quizás en Kazajistán o en Mongolia o en alguna otra república postsoviética de Asia Central se encontrarán monumentos semejantes. Aproximarse por carretera a cualquier ciudad española es un horror más o menos idéntico en el que no hay más variaciones que el tamaño de las esculturas en las glorietas de tráfico y quizás el perfil distante de la aguja de una catedral. Las hay abstractas y las hay figurativas. Casi todas ellas exaltan algún fundamento de la gloria local. Algunas recuerdan el gusto escultórico de aquellos dos antiguos amigos de Occidente, Sadam Husein y Muamar el Gadafi. Algún historiador del arte con inclinaciones depravadas podría hacer una tesis sobre ese fenómeno estético.
Estoy impaciente porque se termine y se inaugure la que será probablemente la obra maestra de la escultura de glorieta. Ahora mismo las fotos la muestran todavía rodeada de andamios, en medio de un páramo, pero no puede faltar mucho para que esté terminada. Recibirá a los viajeros que lleguen al aeropuerto de Castellón, que fue inaugurado con gran pompa hace casi un año por las autoridades autonómicas y provinciales, pero en el que sigue sin aterrizar ni despegar ningún avión. La escultura, obra del artista Ripollés, es, según la descripción del periódico, “un coloso de metal de 20 toneladas”. Representa, en palabras del propio artista, “una figura a la que le saldrá de la cabeza un avión; ese es el germen y el esperma del nacimiento de la obra”. Parece ser que se trata de un homenaje algo alegórico al expresidente de la Diputación Provincial de Castellón, de cuyo cerebro brotó, por citar al artista, el germen y el esperma de este aeropuerto.
Recordar que la escultura costará 300.000 euros es sin duda una mezquindad. Quién le pone precio al arte. Y al fin y al cabo ese gasto es una nadería en un aeropuerto que ha costado 150 millones de euros, y que costará mantener 8 millones al año. En el caso no improbable de que ningún avión llegue a aterrizar en él, los vecinos de la zona podrán recrearse paseando bucólicamente por las pistas y admirando en silencio la escultura del artista Ripollés. Quizás dentro de mil años el coloso castellonense de 20 toneladas será una de las pocas reliquias visibles de nuestra era de la fealdad.
Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim. Llàtzer Moix. Anagrama. Barcelona, 2010. 288 páginas. 18 euros. antoniomuñozmolina.es
Black & White Illustrations
Le Corbusier and Pierre Jeanneret’s plan for Algiers in 1930
(Source: archimaps)
“Was I to believe him in earnest in his intention to penetrate to the centre of this massive globe? Had I been listening to the mad speculations of a lunatic, or to the scientific conclusions of a lofty genius? Where did truth stop? Where did error begin?”
- Jules Verne, Journey to the Center of the EarthDrawing by Rick Gooding
From the post Subterranea | Excavating spaces from the depths of the mind
via ethel-baraona


alephograph
(Source: fabriciomora)
Nieto Sobejano - Merida auditorium and conference center, Merida 2004 (click images for big). The concrete facade is imprinted with maps of ancient walled cities. Construction process here.
(Source: subtilitas)
Hace quince años, los arquitectos Teodoro González de León y Alberto Kalach se propusieron recuperar los lagos que convivieron armoniosamente con los aztecas, y que desde la Colonia y sobre todo en fechas recientes nos hemos empeñado en agotar.
Vuelta a la Ciudad Lacustre no es una idea nostálgica: es un proyecto concreto de Futura Desarrollo Urbano en el que han participado muchas disciplinas y que no hemos dejado de actualizar durante casi quince años, desde 1997. Es un proyecto totalmente factible, que propone una infraestructura –con un nuevo manejo del agua–, que nos reconcilia con la geografía que habitamos, dañada y olvidada por una inercia que heredamos de la Colonia. Los conquistadores admiraron la ciudad azteca pero no la entendieron: su delicada infraestructura de diques, calzadas, puentes y plataformas formaba un urbanismo lacustre que integraba producción agrícola y piscícola, transporte acuático, habitación y áreas en la que se celebraban el poder y sus creencias, en un valle cerrado con cinco cuerpos de agua. Pero no solo no la entendieron. La ciudad fue arrasada sistemáticamente en nombre de una fe católica intolerante que exigía no dejar rastros y, muy pronto, la nueva ciudad novohispana empezó a sufrir inundaciones: el equilibrio hidráulico se había roto. La más grave sucedió en 1629 y duró seis años. Se pensó en cambiar la ciudad a las laderas del poniente, a Tacubaya, pero ante el temor de que los indios regresaran a su antiguo centro se optó por desaguar el lago, haciendo un tajo al norte de la cuenca. Lo que parecía claro y sencillo se fue complicando con dudas, errores, fracasos y enormes gastos: las obras planeadas para unas cuantas décadas se terminaron al iniciarse el siglo XX, casi trescientos años después. El desagüe funcionó muy poco tiempo: en los años treinta la ciudad volvió a ser vulnerable a las inundaciones. Apareció un nuevo problema: el bombeo del agua subterránea provocó el hundimiento del suelo y entorpeció el funcionamiento del desagüe. Además, la extensión lacustre, ya muy mermada, se convirtió en un páramo polvoriento durante seis meses del año. La atmósfera se ensució, las tolvaneras taparon nuestro paisaje. Ese era el panorama a la mitad del siglo pasado con una ciudad que tenía menos de tres millones de habitantes. En respuesta surgieron dos proyectos que se creían enfrentados y en realidad eran complementarios. Faltó la visión conciliadora. El drenaje profundo se impuso al otro proyecto pertinente y sabio de crear un sistema de lagos interconectados para distintas tareas hidráulicas, de Nabor Carrillo, Fernando Hiriart y Gerardo Cruickshank, ingenieros visionarios ejemplares. Solo quedó el lago de muestra Nabor Carrillo de mil hectáreas, y es el antecedente legítimo de nuestro trabajo. 1950 es un punto de inflexión en la hidrología del valle de México: a partir de esa década la ciudad acelera su crecimiento ante la incredulidad y el azoro de las autoridades carentes de políticas demográficas. En cinco décadas la ciudad creció de tres a dieciocho millones de habitantes. El área urbana se multiplicó siete veces (de 230 km2 a 1,550 km2): el 75% fueron asentamientos irregulares. Se ocuparon las laderas permeables del sur y poniente del valle, donde se infiltra la lluvia al subsuelo, y aumentó considerablemente el caudal de lluvia que enviamos directo al drenaje profundo. Se ocuparon cauces de ríos, y todos desaparecieron entubados. De los lagos quedaron cinco manchitas, sin presencia en el paisaje. El mayor es el lago construido por Nabor Carrillo. En 2011, el panorama es muy similar, con una leve desaceleración en el crecimiento urbano y un aumento desorbitado del parque automotriz, con políticas erráticas en transporte colectivo y buenos planes para limpiar la atmósfera. La recuperación de los lagos es todavía perfectamente factible: los cuerpos de agua han casi desaparecido pero la tierra a su alrededor está libre, todavía no se ha ocupado. Podemos recrear esos lagos creando polos de desarrollo urbano. Lagos interconectados que absorban las demasías y se alimenten con el agua tratada de nuestros drenajes. La evaporación provocará microclimas más templados, y disminuirá sensiblemente la contaminación –todo esto ha sido estudiado por expertos. Las plantas de tratamiento deben construirse cerca de los lagos y detener la aberración de un proyecto oficial que propone construir una enorme planta en Hidalgo; perderíamos para siempre esa agua que permitirá reducir y eliminar, a la larga, el bombeo subterráneo que hunde nuestra ciudad y destroza sus edificios. A solo diez kilómetros del centro de la ciudad, en Texcoco, todavía podemos recrear un lago tres veces mayor que la bahía de Acapulco (similar en superficie al que existía en 1950) con un litoral de ochenta kilómetros, de nuevo urbanismo lacustre, con el nuevo aeropuerto que requiere el área metropolitana en el centro del lago, el único sitio en que puede ubicarse desde el punto de vista aeronáutico. Los aeropuertos son las nuevas puertas de las ciudades; la de nuestra capital es urgente. Hay que insistir en que el existente, con sus dos terminales, no puede expandirse. Vuelta a la Ciudad Lacustre es un proyecto de largo alcance, es flexible, se puede realizar en etapas y en distintos lugares y en cualquier orden. Propone una infraestructura hidráulica, con un nuevo manejo del agua, para crear una nueva ciudad luminosa en el valle cerrado en que vivimos. Requiere, para realizarse, del consenso de la población y una estrategia de compromiso entusiasta de los sectores público y privado. via letraslibres
nobody smiles like that when they’re drafting
(Source: helloitsjo)